Por Hervi Lara B

En la modernidad comenzó la concepción del Hombre como individuo, dando paso a una cultura del individualismo y de la competencia que, progresivamente, ha destruido el espíritu del mundo con las secuelas de soledad, de inseguridad y de pérdida de identidad. Esto se oculta mediante la acumulación de bienes y de capital, adquiriéndose y manteniéndose el poder y la riqueza, fortaleciéndose así la idea de propiedad privada como un fin en sí mismo.

Ha sido la doctrina calvinista de la predestinación la raíz de la actual edificación del mercado y de la propiedad privada de los medios de producción como absolutos: Dios predestina a unos como objetos de gracia y decide la condenación de otros. Ser capaz de cambiar el destino por medio de la acumulación de bienes, constituye un signo de pertenencia al grupo de los elegidos. El fracaso económico es signo de condenación. Aquí radica el principio aceptado tácitamente e internalizado en el inconsciente colectivo acerca de la desigualdad entre los seres humanos. Ello implica ausencia de valores éticos.

Podría ser ésta una interpretación para explicar la globalización económica establecida tras un orden militar mundial, con libre desplazamiento del capital; con estrategias de las grandes empresas  para ganar nuevos mercados; con tecnologías de comunicación y de transporte que proporcionan flexibilidad y movilidad a la producción; con el traspaso del poder desde los Estados hacia las transnacionales a fin de que éstas se desplieguen por el planeta buscando mano de obra barata, el medio ambiente menos protegido, el régimen fiscal más favorable, los subsidios más suculentos.

Su efecto ha sido la desaparición del trabajo asalariado, el empeoramiento de la distribución, la absolutización del capital sobre el trabajo, la idolatría del lujo sobre la solidaridad, la destrucción de los Estados y de las organizaciones sociales,  la imposición de la privatización como dogma, la desnaturalización y abdicación de la política. Los gobiernos han sido destinados a mantener las cuentas macroeconómicas y la represión de los movimientos populares. Si no es así, son sancionados por los organismos financieros internacionales bajo la forma de bloqueos económicos y/o amenazas de intervenciones militares. De esta manera, la política se ha subordinado a la economía. Para que el capital financiero concentre aún más riqueza, se usa la fuerza bajo los ardides denominados Guerra Fría, Guerra Preventiva, Seguridad Nacional, etc.

A modo de ejemplo: después de los atentados del 11-9-2001, el entonces presidente G. W Busch, entre otros puntos, afirmó lo siguiente: “la libertad y la democracia han sido atacadas (…) El terrorismo contra nuestro país no quedará impune. Aquellos que han cometido estas acciones y aquellos que los protegen pagarán un precio muy alto por lo que han hecho. (…) La guerra que nos espera es una lucha monumental entre el bien y el mal. (…). Será larga y sucia. (…). Aquellos que nos han atacado han elegido su propia destrucción. (…) O se está con nosotros o con el terrorismo. (…) Dios está con nosotros. (….)  Dios bendiga a América”.

Es ésta una nueva expresión del “Destino Manifiesto”, término  inventado por el periodista John O’Sullivan en 1845 para justificar la anexión de parte de México y el imperialismo de USA, el “Pueblo Elegido”, legitimándose la expansión territorial y económica como voluntad de Dios. Sería un destino divino que habría configurado la política de búsqueda de nuevos territorios y de mayor poder. Es la predestinación. Es el Eje del Bien.

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En dicho marco, en 1997 se formuló el “Proyecto para el nuevo siglo de USA”, con la finalidad de “concentrar esfuerzos para preparar el nuevo liderazgo mundial de USA”, para una “nueva política de fortaleza militar y rearme moral”. El documento fue firmado por Dick Cheney, Job Busch, Donald Rumsfeld, Paul Wolfowitz y Scooter Lobby. Dicha propuesta fue  consagrada en la “Nueva Doctrina de Seguridad Nacional” presentada por Busch el 20 de septiembre de 2002, siendo reafirmada por Robert Kagan, Richard Perle y Condoleeza Rice, y que se puede resumir en cuatro puntos:

1º USA define quién es terrorista: aquella organización o Estado que atente contra los intereses de USA en cualquier lugar del mundo o ponga en peligro el suministro de materias primas esenciales como petróleo, gas, uranio y agua.

2º USA tiene el armamento más poderoso y letal del mundo. Es el único país que tiene derecho a tenerlo. Cualquier país o grupo de países que pretendan equipararse, serán considerados terroristas.

3º USA se someterá a las decisiones de los organismos internacionales cuando estime que dichas decisiones están de acuerdo con sus intereses. En caso contrario, USA se considera con el derecho y con el deber de actuar por su cuenta y unilateralmente.

4º USA se considera con el derecho de juzgar a los otros países, no según los hechos, sino según sus presuntas intenciones.  Su actuación será en legítima defensa, aunque no haya habido atraque previo.

Hasta hoy, los distintos gobernantes de USA, en especial Donald Trump, han cumplido literalmente estas disposiciones: bloqueos económicos, ataques militares, golpes de Estado y amenazas a Venezuela, Cuba, Bolivia, Honduras, Brasil, Ecuador, Palestina, Irak, Afganistán, Siria, México, Corea del Norte, China, Rusia, etc. Trump ha llegado a movilizar a cinco mil efectivos de la Guardia Nacional para amedrentar a quienes han protestado por el asesinato de George Floyd a manos de la policía, bajo el argumento de derrotar al “terrorismo doméstico” y restablecer la ley y el orden dentro del propio país.

Las inexplicables ausencias de políticas hacia el bien común de parte del Gobierno de Chile, sino sólo ardides para favorecer a los “predestinados” al éxito, podrían tener una explicación desde la perspectiva descrita. No por nada, Piñera y sus secuaces han sido “colonizados” por el “american way of  life”. Paralelamente a la Escuela de las Américas que “coloniza” a militares y policías para que ejerzan la represión contra sus propios pueblos, las Universidades norteamericanas se han dedicado a la fabricación de una “élite indígena” para que engañen y exploten a sus pueblos en beneficio de las grandes transnacionales. Es por ello que mantiene vigencia la aseveración siguiente: “se seleccionaron jóvenes, se les marcó en la frente con hierro candente los principios de la cultura occidental, se les introdujeron en la boca mordazas sonoras, grandes palabras pastosas que se adherían a los dientes; tras una breve estancia en la metrópoli se les regresaba a su país, falsificados. Esas mentiras vivientes no tenían ya nada que decir a sus hermanos”. (*)

¿O acaso es falso que el Gobierno de Chile no conoce a su país y gobierna sólo para la clase dominante, la que está subordinada a las empresas transnacionales?

(*) Jean-Paul Sartre, en el prólogo de “Los condenados de la tierra” de Frantz Fanon (FCE, México, 1965).


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