En estos momentos, en Hong Kong, puede estar jugándose la paz mundial, si las violentas protestas separatistas antichinas desafían una vez más las prohibiciones de Beijing…

… y si Washington cumple las amenazas que lanzó Donald Trump, en que mencionan incluso la aplicación, fíjese Ud., de una «Respuesta Nuclear» «en defensa de la libertad».

¿Qué quiere decir eso de una tal «respuesta nuclear»? Será una bomba atómica o una simple pompa hueca de aquellas típicas de la diplomacia del Secretario de Estado Mike Pompeo?

Nada está muy claro, excepto que el enfrentamiento provocado por Washington contra Beijing está llegando ya a su punto crítico, y, para Estados Unidos, la coyuntura parece más bien perdedora.

 

El 21 de mayo, la periodista australiana Caitlin Johnstone publicó un análisis en el sitio web OpEdNews, de Estados Unidos, bajo el título de «Cómo entender toda esta mazamorra contra China».

Con mucho sentido del humor ella cuenta cómo la prensa, las radios y la tele de Australia están sumidas en una furia patriótica contra China porque, en un pequeño diario de provincias de China, se dijo que Australia hoy es una especie de canguro gigante que se empeña en aprender a portarse como un perro.

Y la Johnstone agrega: Sabemos que, claro, tenemos que estar enojados por el insulto, pero también sabemos que es cierto, y que el actual gobierno australiano hace todo lo posible por parecer el perro bravo de Estados Unidos en el Pacífico Sur… al menos en su propaganda.

En ella seguida enumera la lista de países que en estos momentos son blanco de la furia propagandística exigida por Washington: China, Irán, Nicaragua, Rusia y Venezuela, además de Turquía, Irak y  Filipinas.

Luego se pregunta: «¿en qué se parecen todos estos países entre sí?».

Bueno, sólo tienen en común que se han descarriado del rebaño de estados dóciles a los mandatos de Estados Unidos.

Es decir, tienen gobiernos «inaceptables» y por eso hay que cambiar esos gobiernos. ¡Es el Imperio, pues, oiga!

 

Según el analista Ishaan Tharor, del diario Washington Post, una nueva guerra fría ya es inevitable. Ya desde 2005 en Estados Unidos se venía acumulando una nube negra de hostilidad contra China. Y ahora, con la pandemia del coronavirus, la hostilidad se ha vuelto enconada mientras la enfermedad ha paralizado a casi todo el mundo.

Ya el jueves 14 de mayo, entrevistado por la red de la Fox, el presidente Donald Trump declaró que está considerando ni más ni menos que cortar por completo toda relación entre Estados Unidos y China. Cero comercio, cero contacto diplomático. Y si llega a haber contacto, no será nada de amistoso.

Según la prestigiosa encuesta PEW, de motivaciones públicas, ya la mayoría de la gente en Estados Unidos está viendo a la China como una potencia amenazante y peligrosa. Y en eso concuerdan la mayoría de los republicanos y la mayoría de los demócratas. De hecho, el candidato demócrata Joseph Biden, que enfrentará a Donald Trump en las elecciones de noviembre, llega a ser más estridente que el propio Trump en sus diatribas antichinas.

Es decir, en la millonaria inversión publicitaria electoral, la suma de ambas campañas políticas se ha convertido en una especie de tsunami propagandística que parece asegurar que, sea quien fuere el vencedor en las presidenciales de noviembre, la tarea del nuevo presidente tendrá que ser el enfrentamiento con el súper poderío económico, militar y tecnológico, que hoy es la República China, con sus aliados.

 

Esa definición que está asumiendo la opinión pública estadounidense, tiene un enorme contenido nacionalista, que se hace sentir también en los grupos nacionalistas de la ultraderecha de Europa y en Israel.

Ese nacionalismo obviamente sigue una estrategia orientada a debilitar las expresiones de globalismo institucionalizado que intenta crear un mundo multipolar a través de las Naciones Unidas y de los tratados internacionales, que frenan y condicionan los intentos de las naciones poderosas de imponerse sobre otras naciones más débiles.

Estados Unidos, desde el gobierno del demócrata Bill Clinton, pasando por el republicano George Bush, el demócrata Barak Obama, y el republicano Donald Trump, ha venido acentuando sus intentos de manipular a las Naciones Unidas y crear instituciones paralelas que le resultan más adecuadas para sus intereses de dominio mundial.

De hecho, la creación de la Organización Mundial de Comercio, por ejemplo, la OMC, fue, en sus comienzos, un instrumento para reforzar políticamente las capacidades estratégicas mundiales de las grandes corporaciones privadas.

A través de la OMC se impuso en gran medida la práctica de reemplazar los tribunales de justicia de los países, con los llamados «tribunales arbitrales», establecidos por las mismas grandes empresas, y cuyos fallos están por encima de cualquier otro fallo distinto que pudieran emitir los tribunales de justicia de cada país.

De allí que, hace 20 años, el ingreso de China a la OMC fue aplaudido como un gran triunfo del capitalismo neoliberal, que garantizaría a las grandes corporaciones el manejo de la economía de un país con más de mil doscientos millones de habitantes.

Pero la capacidad china de administrar su propio desarrollo, conciliando las prácticas liberales con la planificación y la regulación del Estado, logró en ese breve plazo convertir a la China en una potencia económica capaz de desafiar la supremacía estadounidense.

En ese momento, para Estados Unidos la propia Organización Mundial de Comercio, que debía haber sido su instrumento de dominio, pasó a convertirse en un estorbo peligroso.

De hecho, en estos momentos Estados Unidos ha logrado reducir a la OMC a una entidad prácticamente irrelevante.

Embajada de China bomdeada por EEUU

Ya durante el gobierno demócrata de Bill Clinton, Estados Unidos utilizó a la OTAN para lanzar una guerra contra la entonces floreciente república federativa de Yugoslavia, guerra que la desarticuló en un racimo de mini estados insignificantes. Y eso, sin el consentimiento de las Naciones Unidas.

Y fue durante esa guerra que los aviones estadounidenses bombardearon la embajada de China en Yugoeslavia, matando a varios funcionarios diplomáticos y varios periodistas, y luego pidió disculpas a China diciendo que había sido una lamentable equivocación debida a que usaron mapas defectuosos para dirigir el ataque.

 

Posteriormente, durante el gobierno del demócrata Barack Obama, Estados Unidos arrastró a la OTAN al ataque contra Libia, falseando una autorización del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Esa guerra, que aniquiló al más próspero de los países de África, fue finalmente reconocida por el propio Barack Obama como lo que él llamó «Su peor error durante su gobierno»

Ahora en el gobierno de Donald Trump, Estados Unidos se ha mostrado aún más hostil ante las Naciones Unidas y los acuerdos internacionales. De hecho, desconoció el acuerdo internacional que normalizaba las relaciones internacionales con Irán, también el Tratado sobre Misiles Nucleares de alcance intermedio, suscrito con Rusia;  desconoció las actividades de la Organización Mundial de la Salud y dejó de pagar sus aportes comprometidos y, ahora, anunció el retiro de Estados Unidos del Tratado Cielos Abiertos, con la Unión Europea, Canadá y Rusia, que permite los vuelos de inspección de cada país sobre los territorios de los demás países firmantes.

En todos los casos, Estados Unidos se ha presentado haciendo el papel de «víctima» de abusos por parte de otros signatarios de aquellos tratados o acuerdos internacionales.

En este último caso, el término del Tratado de Cielos Abiertos, por Estados Unidos, ha provocado extrema alarma en los demás países, ya que gracias a ese Tratado los países miembros podían verificar libremente los movimientos de tropas e instalaciones militares en torno de sus fronteras.

 

Para los principales analistas económicos y estratégicos del llamado Mundo Occidental, la fulminante irrupción de la pandemia del COVID19 ha tenido por efecto poner en evidencia los errores, las debilidades y la ineptitud de muchos gobiernos para enfrentar un cambio económico y social muy profundo que ya se estaba haciendo sentir en todo el mundo.

De hecho, en países como Brasil y Chile, las tensiones por la desigualdad de la riqueza habían comenzado a expresarse mucho antes del COVID19. Y durante la pandemia, tanto el gobierno de Bolsonaro como el de Piñera han mostrado ser tan incapaces como el de Donald Trump.

De hecho, la BBC destacó el gasto de más de 12 mil millones de pesos, realizado por el gobierno de Piñera, en comprar vehículos antimotines en Israel, dinero suficiente para entregar un auxilio de 500 mil pesos a 24 mil familias chilenas que están en situación de hambre.

Y, por cierto, en Estados Unidos ya el número de muertos por la pandemia pasó a ser más de cien mil.

Frente a esa incapacidad está el grupo de los 15 países miembros de la Asociación Económica Integral Regional, que reúne a China, Japón, Corea, los 10 países de la Asociación del Sudeste Asiático, más Australia y Nueva Zelandia.

Esos 15 países reúnen a más de dos mil millones de habitantes. Y en ellos, la pandemia del COVID 19 ya está claramente bajo control, y sus economías han vuelto a ponerse en marcha.

¿Qué significa eso?…

 

El ya célebre analista David Goldman, de Asia Times, señalaba el jueves pasado que en Mayo de 2020, había comenzado en el mundo la Era del Sudeste Asiático. Ya prácticamente todos esos países se recobraron del impacto de la pandemia y sus trabajadores han vuelto a sus puestos de trabajo y a cobrar sus sueldos.

Por ejemplo, al 13 de mayo, cuando Alemania, Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia, se debatían perdiendo alrededor del 20% de su capacidad productiva, ya Taiwan, Vietnam y Corea del Sur habían logrado recobrar la normalidad laboral y comercial.

E incluso en sus peores momentos, China, Japón, Corea del Sur, Taiwan, Hongkong y Singapur, tuvieron una tasa de mortalidad igual a menos del 10% de la tasa de mortalidad en los países europeos, Canadá y Estados Unidos.

Es decir, ha quedado claro que en estos momentos Asia está emergiendo como una zona económica y de colaboración tan bien integrada y funcional como la propia Unión Europea, y que ha logrado mantenerse aislada de los shocks económicos y políticos de Estados Unidos y Europa.

 

¿Cuál es, entonces, el supuesto gran peligro que viene de Oriente?… ¿Es acaso un mal ejemplo, un mal augurio de que esos orientales se nos pongan malos y quieran someternos a sus supuestas malas costumbres?

La historia nos muestra un Oriente que siempre le aportó al mundo más de lo que recibió del mundo. Los chinos inventaron la brújula, y la capacidad de navegar orientándose sin ver las costas. Inventaron la pólvora, pero la usaron para hacer fuegos artificiales y no armas de fuego, que fueron inventadas en Occidente.

Las leyendas nos cuentan que mucha fue la sabiduría que nos llegó de Oriente, incluyendo la de aquellos 3 reyes magos llegados de Oriente, que supuestamente visitaron al niñito Jesús, llevándole regalos.

En cambio, ayer sábado se confirmó que Estados Unidos está considerando reanudar las pruebas con detonación de bombas atómicas, y, además, que se propone poner en órbita varios miles de satélites capaces de escudriñar en detalle todo lo que hacemos los supuestos súbditos imperiales.

 

 

En Oriente están logrando integración y paz. No se trata de que los gobiernos de China o de Rusia sean tan benignos y generosos, y que sólo se preocupen de generar bienestar para todos.

No. Ellos quieren obtener ganancia, hacer buenos negocios con buen provecho para todos, y en un planeta que podamos cuidar como es debido.

No son nada de santos. Sólo son razonables y les gusta vivir bien.

Hasta la próxima, gente amiga. Cuídense, hay peligro. Pero el peligro no viene de Oriente.

Fuente: https://resumen.cl/articulos/podcast-cronica-de-ruperto-concha-occidente-vs-oriente

Por Editor

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