Por Olga Pinheiro

«Vosotros, fascistas, sois los terroristas»

En las últimas décadas, ha sido común escuchar declaraciones contra el terrorismo realizadas por jefes de Estado y otros. Esas declaraciones, en general, ganan buena visibiliad en los grandes medios de prensa. No pasa lo mismo, cuando es el propio Estado que echa mano a prácticas terroristas en operaciones conocidas como de falsa bandera.

Las operaciones de “falsa bandera” son “montajes” que son desarrolladas por los gobiernos con el fin de culpabilizar a determinado enemigo político generando así una pseudo-legitimidad para después censurarlo, detenerlo, atacarlo o incluso ejecutarlo. Ellas tienen la peligrosa potencia de cambiar el rumbo de la historia, utilizándose de la mentira, la burla, la usurpación de evidencias, la manipulación de los medios de comunicación, el uso del poder judicial, y otros actores influyentes de la sociedad para lograr los objetivos nacionales o geopolíticos que se plantean.

Algunas de las operaciones de “falsa bandera” se han conocido muchos años después y han sido reveladas por los propios gobiernos que las realizaron. Antes de eso eran tan solo catalogadas por ellos mismos, que las negaban, como “teoría de la conspiración”. Como ejemplo, recordamos la justificación para la guerra contra Vietnam a partir de la acusación del entonces secretario de defensa de EEUU Robert McNamara de que los norvietnamitas atacaron a buques estadounidenses en el Golfo de Tonkin. Tiempos después, el propio Mcnamara reconoció que este ataque nunca ocurrió.

En esta guerra murieron más de 58 mil soldados estadounidenses, unos 250 mil survietnamitas, más de 1 millón de norvietnamitas. La muerte entre los civiles, en ambas partes del país, entre 1954 y 1975, se estima en dos millones.

En 2002, el ejército indonesio asesinó a varios profesores estadounidenses en Papúa y puso la culpa del crimen en un grupo separatista con el fin de que fuera añadido en la lista de organizaciones terroristas. El ex presidente de Indonesia Abdurramán Wahid también admitió que su gobierno comandó el atentado terrorista más mortífero de la história de Indonesia, que llevó a la muerte a más de 200 personas en una zona turística en Bali.

Hablando de hechos más recientes, es inevitable no pensar en los atentados en Cataluña, España, hace dos años, en la misma semana que el Parlament Catalan iba a decretar una Ley, realizar un referéndum, en busca de la independencia.

El atentado fue el 17 de agosto de 2017 y dejó 16 muertos y más de 150 heridos, en Barcelona y Cambrils. Se supo después que el cerebro del ataque, Abdelbaki es Satty -conocido como imán de Ripoll- era confidente de los aparatos de inteligencia española conocidos como CNI (Centro Nacional de Inteligencia).

Pero un hecho, gritante, digno de cambiar Dinamarca por España, en la queja al olor podrido, sentido por Hamlet, recordando la obra de Shakespeare, es que la Justicia española se negó a investigar los vínculos del imán de Ripoll con el CNI por considerarlo “innecesario e irrelevante”.

Vale recordar, por otro lado, que España tardó 45 años para reconocer que el genocida Francisco Franco no debería estar en un mausoleo con honores de jefe de Estado, y hace poco exhumó el cuerpo del dictador.

Han pasado dos años de los atentados en Cataluña, ¿cuántos años más tardarán en exhumar la verdad sobre sus mandantes? ¿Quedará a qué generación reconocer esta “innecesaria” e “irrelevante” mea culpa?

*Este artículo ha sido publicado en la Revista El Derecho de Vivir en Paz N°14.

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